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viernes, 31 de agosto de 2012

"El cielo de Iris"

El cielo no tenía secretos para Iris. Noche tras noche desde aquel cumpleaños había memorizado cada rincón del universo a través del telescopio que le había regalado su padre. Con el paso de los años había llegado a dibujar en su mente un mapa de su propio cuerpo donde había un lugar para cada planeta, cada estrella, cada satélite, cada cometa, cada asteroide… y donde las constelaciones se alineaban con cósmica perfección para conformar su menudo esqueleto. La noche que su padre murió, Iris veló su cuerpo bajo el firmamento más fulgurante que jamás habían contemplado sus ojos. Cuando aquella luz intermitente se desvaneció al fin en mitad de la oscura madrugada, una sensación de vacío interior se apoderó de su pecho; como si aquel astro saliente se hubiese llevado consigo su corazón.


Málaga, a 31 de agosto de 2012.

sábado, 6 de agosto de 2011

"La última nota de Stern"

Sentado al piano en mitad de la noche parisina, sintiendo el eco de las notas desvaneciéndose en las yemas de sus dedos, Maximilian Stern exhaló su último aliento. Su sempiterna figura encorvada se detuvo inerte, convirtiéndole en una especie de gárgola en los tejados de Notre Dame… El sol se apagó de pronto. La luna ocultó sus dos caras. Las estrellas desaparecieron en un mar de oscuridad. Los sonidos del universo enmudecieron y el tiempo dejó de pasar. La nada surgió de la nada para serlo todo en una eterna inexistencia. La inefable perfección polifónica de Stern no sólo le había causado la muerte: había provocado el fin de un mundo que no habría tenido sentido sin el son de su música.

Dedicado a Pablo Daffari y M.L.P.G. Ustedes han vuelto y gracias a ello yo he regresado.

domingo, 2 de enero de 2011

"El monstruo"

Quería que el monstruo se marchase. No era producto de su imaginación, pero sabía que papá y mamá nunca le creerían. Cada noche podía escuchar aquellos ruidos espeluznantes más allá de las paredes de su habitación. Entonces se hacía un ovillo en su cama, se tapaba hasta la cabeza y cerraba los ojos con todas sus fuerzas para protegerse de la criatura que acechaba en la oscuridad. ¿Y si alguna noche entraba a por él? ¿Y si se llevaba a sus padres? Aquella noche decidió que debía afrontar su miedo, salir afuera y expulsarlo. Cogió su linterna y atravesó el pasillo temblando. Pero se había hecho tarde, demasiado tarde para los tres. El cuerpo de mamá yacía en el suelo sobre un enorme charco de sangre; el de papá oscilaba en el aire ahorcado por una soga… y el monstruo ya no se marcharía jamás de su lado.


Málaga, a 2 de enero de 2011.


("El monstruo" pertenece a la serie Microrrelatos 150 publicada en este blog).

viernes, 17 de diciembre de 2010

"La única luz"

No queda una sola luz encendida en la ciudad. Sólo los faros de los coches iluminan a ráfagas las calles pobladas por sombras. Atravieso el portal a tientas y me dispongo a subir las escaleras. De pronto siento el ascensor descendiendo, emitiendo latidos provenientes de un corazón mecánico. Si el mundo está a oscuras, ¿qué hace esa luz violácea apareciéndose en la planta baja? Al otro lado del cristal se presenta una figura inmóvil y desdibujada. Aún estoy a tiempo de no abrir la puerta… Un rostro desfigurado por una túrbida imaginación. Una sonrisa vagando funámbula al borde de la locura. Unos ojos desorbitados que parecen ver más allá de los límites del mal. Sólo tengo tiempo de pensar que jamás llegaré a casa. Un segundo después, mi cabeza incrustada en el techo del ascensor apaga la única luz que quedaba con vida en la ciudad.


Málaga, a 17 de diciembre de 2010.


("La única luz" pertenece a la serie Microrrelatos 150 publicada en este blog).

martes, 20 de julio de 2010

"La aldea"

Acababan de dejarle en libertad, pero nadie en la aldea estaba seguro de su inocencia. Por esa misma razón, tampoco nadie podía asegurar que fuese culpable… Pero desconfiar siempre resulta más fácil. Que la justicia le hubiera dejado libre no quería decir nada. Esa misma justicia había condenado a inocentes y absuelto a culpables. Por eso ya nada volvería a ser igual. Por eso desde aquel día la aldea ya no fue aldea, sino una jaula llena de cepos esperando para saltar. La noche ya no fue noche, sino un oscuro silencio donde morir y matar. Los hombres ya no eran hombres, sino un ejército de noctámbulos, bípedos perros de presa, deseando poner un rostro al origen de su miedo.


("La aldea" pertenece a la serie Microrrelatos 150 publicada en este blog).